sábado, 21 de marzo de 2015

'LA HÍPICA': EL PRIMER CAMPO DE FÚTBOL DE CEUTA


El Campo de ‘La Hípica’ o también conocido como el de ‘La Puntilla’ fue el primer campo de fútbol con el que contó Ceuta. Al menos no existe documentación que certifique lo contrario. Nunca pudo ser catalogado como un estadio, puesto que los partidos se disputaban en una superficie anexa a las instalaciones de la hípica militar que también era utilizada como pista de entrenamiento para los jinetes, por lo que el terreno de juego solía estar en muy mal estado. Así permaneció varios años, hasta que en 1923 se efectuó una importante reforma que llevó consigo una considerable mejora de las instalaciones. Pese a todo, seguía sin reunir los mínimos exigidos para la disputa de partidos oficiales, por lo que en los años veinte y principios de la década de los treinta, la construcción de un estadio era la gran demanda del fútbol ceutí.
Según la web ‘hisfutceuta.awardspace.com’ es en el campo de ‘La Hípica’ donde se inicia la historia del fútbol en Ceuta, al comenzar a practicar este deporte “los soldados de reemplazo que llegaban a nuestra ciudad” que mientras conocían “su destino en la Guerra de África celebraban partidos amistosos entre diferentes regimientos y marineros de los buques que anclaban en la bahía”. Pese a ello -según datos extraídos de la web ‘la- futbolteca.com’- hasta finales de la década de los años diez del pasado siglo, no se fundó el primer club de fútbol en la historia de este deporte en Ceuta: el Cristina Sport.


Inauguración

La Sociedad Deportiva Hípica, propietaria de las instalaciones, llevó a cabo una destacada remodelación del campo de ‘La Hípica’. Las obras, financiadas por el estamento militar, incluían el vallado de la zona y la construcción de gradas -en un lateral del campo- con un aforo de 1.500 personas sentadas. Las dimensiones del terreno de juego fueron ampliadas a 105 metros de largo y 64 de ancho. Tras la reforma, el campo de ‘La Hípica’ fue inaugurado el 15 de octubre de 1923. Aquel día, y según publicaban rotativos como ‘ABC’, ‘La Voz’ o ‘La Correspondencia de España’, después de la bendición del terreno de juego por parte de un párroco castrense, se disputó un encuentro entre el Ceuta Sport y el María Cristina. En juego, una copa donada por la Federación de Fútbol, que se adjudicó el Ceuta Sport. Curiosamente, la prensa de la época informaba sobre la inauguración y la disputa del partido, pero no del resultado del mismo. Las diferentes crónicas tan sólo hacían referencia al triunfo del Ceuta Sport, aunque sí destacaban que el campo de Fútbol había sido “construido a expensas de la Real Sociedad Hípica, para uso de la Federación Deportiva Local”. Junto al Cultura Sport Ceutí, la Sociedad Deportiva María Cristina y el Ceuta Sport eran los equipos más destacados de aquellos tiempos. Apenas dos meses después de su inauguración, y según publicaba el diario ‘La Vanguardia’ en su edición del 5 de diciembre de 1923, el campo de ‘La Hípica’ acogía un partido amistoso con motivo de la conmemoración de la festividad de Santa Bárbara, patrona de Artillería. El encuentro enfrentó a una selección de jugadores ceutíes y a un equipo del regimiento de Artillería, venciendo los primeros por cinco goles a dos. 

Último partido

La insistente demanda de la afición ceutí de contar con un estadio se vio cumplida en el año 1933 con la inauguración del ‘Campo Municipal de Deporte’ -posteriormente nombrado ‘Alfonso Murube’-. Estas nuevas instalaciones deportivas supusieron el fin del campo de ‘La Hípica’. Según datos extraídos del reportaje titulado ‘La otra inauguración del Murube’ –publicado en la web ‘laverdaddeceuta.com’ y cuyo autor es el investigador Francisco Sánchez Montoya-, el último encuentro que se disputó en aquel viejo campo militar lo protagonizaron el Ceuta F.C. y el Cultura Sport, que se disputaron la denominada ‘Copa del Municipio’. El duelo finalizó con victoria del Cultura Sport. Según refleja el reportaje, el colegiado “tuvo que ser custodiado por la Guardia Civil, para poder salir del Campo y marcharse urgentemente a la estación de ferrocarril para coger el tren que le llevara a Tetuán de donde había venido”.
El Ceuta FC puso en liza el siguiente once inicial: Cernuda, San Juan, Chicada, Carros, Beltrán, Martín, Molina, Besares, Grau, Traverso y Cayetano. Por su parte, el Cultural Sport presentó la siguiente alineación: Gómez (Bacalao), Domingo, Manolísimo, Caliani, Fontcuberta, Barranco, Botella, Homet, Morales, Focher y Vila.
Una vez inaugurado el ‘Campo Municipal de Deporte’, el terreno de juego de ‘La Hípica’ quedó en desuso.  Años después, la empresa Ybarrola amplió sus instalaciones e implantó en esta zona varios depósitos de combustible. Actualmente, parte de lo que fue el antiguo campo de ‘La Hípica’ está ocupado por un centro comercial.

sábado, 17 de enero de 2015

EL ‘PEQUEÑO NICOLÁS’ DEL SIGLO XVIII, EN CEUTA

El manuscrito ‘Historia de la mui noble y fidelíssima ciudad de Ceuta’ de Alejandro Correa de Franca es una de las principales fuentes de información del pasado de Ceuta.  Redactado en el siglo XVIII, el original se conserva en la Biblioteca Nacional; aunque la Consejería de Educación y Cultura editó en el año 1999 un libro transcribiendo las vivencias recogidas por el historiador Alejandro Correa da Franca en ese manuscrito que entregó a su sobrino Melchor Correa da Franca. En el mismo, el autor narra algunos acontecimientos de la época. Entre esas numerosas historias, figura una que –salvando las distancias- guarda ciertas similitudes con las protagonizadas por Francisco Nicolás Jiménez, popularmente conocido como el ‘pequeño Nicolás’.
En mayo de 1749 fue desterrado a Ceuta un joven italiano, que meses antes había sido detenido tras hacerse pasar por el heredero del ducado de Módena. Fue recluso en una prisión de Sevilla, aunque de forma incomprensible gozaba de algunos privilegios.
En su destierro a Ceuta fue enviado al convento de San Francisco, y al igual que ocurriera en la capital hispalense, se le otorgó cierta inmunidad. El historiador Alejandro Correa da Franca hacía referencia en el manuscrito a que el joven -22 años- gastaba en “limosnas, galanterías y en su lucimiento como si tuviera grandes rentas”.
Las autoridades de la época mantuvieron en secreto su llegada, pero su presencia no pasó desapercibida, por lo que comenzó a circular un rumor en la ciudad: había llegado una persona ligada a la realeza.
El joven mantenía un nivel de vida alto. En los documentos –narra Alejandro Correa da Franca- firmaba como Hércules de Este Orleans, y se presentaba ante los ciudadanos como hijo primogénito del duque de Módena. Aseguraba estar casado con la princesa heredera, la duquesa de Massa. Su supuesta realeza le abrió muchas puertas, y algunos comerciantes de la ciudad le ofrecían créditos.


Su falsa personalidad fue descubierta por casualidad en agosto de 1749. ‘La Gaceta’, un rotativo de la época, publicaba una noticia en la que informaba sobre un viaje que el duque de Módena había realizado a la ciudad de Sasuolo acompañado de su hijo primogénito y de las princesas. El 31 de octubre de ese mismo año, ‘La Gaceta’ hacía referencia al embarazo de la duquesa de Massa. Estaba claro que el supuesto príncipe no era quien decía ser, dejando en evidencia –afirma el historiador- “a los codiciosos que le habían franqueado su caudales y a otros en la duda de la certidumbre de su principado”. Precisamente, un poeta de la época –con bastante ironía- dejaba constancia de las consecuencias del engaño del falso príncipe a través de esta poesía recogida en el manuscrito:

“Cavalleros principales
los que al príncipe fiais
decidme cómo hos halláis
con sus ausencias reales,
infelices animales.
Hechos de vn centro de dudas
de qué sirben las ayudas
que Monsieur Latur ha dado
si ha vendido y engañado
al comercio como Iudas […]”

[…] “Chaque, Daza, Ábila y Pérez (mercaderes)
al príncipe recatado
Liberales han fiado
el todo de sus haueres.
Y aora como mugeres
lloran, que pagar no quiso.
Este castigo preciso
es bien que Dios hos lo mande
y si acaso hos viene grande
Darle a Sagalas y a Viso (sastres)”
  

A principios de 1750 corrió el rumor que pretendía huir a la península. Meses después, el falso duque italiano burló la vigilancia de un buque con bandera de Dinamarca, que partió rumbo a Gibraltar, cuyo Gobernador al tener conocimiento de la presencia a bordo del joven, negó su desembarco en el puerto gibraltareño. Finalmente, y según recogía en su crónica Alejandro Correa da Franca emprendió viaje a Génova y posteriormente a Roma. 

sábado, 20 de diciembre de 2014

‘CASINO’ DE VILLAJOVITA: LO QUE EL TIEMPO SE LLEVÓ

Muchos vecinos y antiguos residentes de esta emblemática barriada aún recuerdan con cariño -y cierta añoranza- el antiguo Centro Parroquial, Recreativo y Cultural; conocido popularmente como ‘Casino de Villajovita’. Desde su fundación y hasta  su desaparición en la década de los 90, estuvo ubicado en pleno corazón de la barriada, en lo que años antes fue el cine ‘Rex’. Durante décadas sirvió de punto de encuentro de vecinos y socios, y acogió numerosos eventos culturales, deportivos o sociales. 
Promovido por un grupo de personas, vecinos de la barriada que demandaban un lugar de ocio, en el año 1963 se creaba el Centro Parroquial, Recreativo y Cultural.

El término ‘parroquial’ se incluyó por la implicación de la parroquia San Juan de Dios, especialmente del padre Francisco Almandoz, quien tenía alquilado las instalaciones del antigua cine, cediéndolas para la fundación del ‘Casino de Villajovita’. Poco tiempo después, desapareció la denominación de parroquial. Andrés Gómez, antiguo directivo y persona muy vinculada al centro, recuerda que la idea de crear el centro cultural parte de “diferentes vecinos que solían reunirse en el Bar ‘Toribio’, posteriormente Bar ‘Lesmes’, para echar sus partidas de cartas o dominó. Realizaron diferentes gestiones para ubicar el casino en antiguo cine Rex”.
Entre sus fundadores, y según datos extraídos del libro ‘Crónicas de Villajovita’, escrito por Miguel Ángel López Moreno;  figuran José Acosta, José Pendás, José Varea, Manuel Sentís, Alfonso Espinosa ‘el guardia’ o Ramón Galindo. 
El 12 de octubre de 1963 abría sus puertas el ‘casino’, aunque previamente se había realizado una serie de reformas en el local, adecuándolo a la idea con la que se ponía en marcha. “Cuando el viejo Rex quedó en manos de los socios fundadores  –recoge el libro ‘Crónicas de Villajovita’- el ilustre maestro don José Acosta Larios utilizó la pequeña cabina del proyector de películas para dar algunas clases particulares; debajo de la cabina se montó un ambigú, en el patio de butacas se colocaron sillas y mesas; en la plataforma de la pantalla se habilitó un escenario y se colocó un televisor”.
Poco después,  el Centro Recreativo y Cultural comenzó a conocerse popularmente como ‘casino’. ¿Por qué esa denominación? A juicio de Andrés Gómez porque “reunía las características de un casino”, aunque matiza que “el centro no se circunscribía únicamente al juego. Se dotó al local de una gran una biblioteca; comenzaron a organizarse múltiples actividades y se creó un grupo de teatro, formado generalmente por vecinos”.
A lo largo de su historia, el ‘casino’ ha contado con varios presidentes. José Pendás fue el primero en ostentar el cargo. Desde el inicio, tanto él como los integrantes de su junta directiva mostraron mucho entusiasmo en el proyecto, traduciéndose esa ilusión en una gran gestión que atrajo a más de un centenar de vecinos. Tras José Pendás, también ejercieron de presidentes, entre otros, José Acosta, Gregorio Basurco, Manuel Ramírez, Alfredo Ronda, Juan Checa o Julio Rodríguez.

Televisor

La adquisición de un televisor supuso un gran acontecimiento para los vecinos puesto que en esa época, según Andrés Fernández tan sólo había dos en toda la barriada: “Uno estaba en el centro, y otro lo tenía un vecino llamado Asensio Guerrero, que solía cobrar una peseta o peseta y media por ver los partidos de fútbol en su casa”. En la década de los sesenta, en el televisor del ‘casino’ los socios presenciaron corridas de toros, programas míticos o partidos de fútbol, tal y como refleja Miguel Ángel López en ‘Crónicas de Villajovita’: “La vieja pantalla del cine se convirtió en escenario, y sobre él, en lugar preferente, colocaron un televisor de buenas dimensiones. En esa tele, auténtica ventana a la historia, vimos discurrir parte de la década. La selección española de fútbol sufrió una dolorosa derrota frente a Argentina por dos a uno, y quedamos eliminados del Mundial de Inglaterra. Era el 1966 y entre otros estaban históricos como Gento, Amancio, Zoco, pero sobre todos, jugaba nuestro ídolo indiscutible: Pirri. […] En ese televisor del Casino vimos la ascensión y gloria de toreros como el Cordobés y Platanito, que no paraba de recibir revolcones bajo la voz inconfundible de Matías Prats”.”
El televisor se convirtió en un gran reclamo, pero sobre todo en un gran aliciente para los vecinos, provocando que el ‘casino’ “se viera invadido de solicitudes”. La demanda por parte de los vecinos solicitando ser socios fue una tónica constante en la historia del Centro Cultural y Recreativo de Villajovita: “Debido a la capacidad se tuvo que establecer un cupo máximo de trescientos socios. A finales de los 60 y principios de los 70 –rememora Andrés Gómez- siempre estaba la pizarra llena de solicitudes. Además para ser aceptado debía contar con el aval de dos socios. Generalmente sólo podían acceder vecinos de la barriada, pero existía cierta flexibilidad con personas que vivían en zonas cercanas como Benítez, Sardinero o Barrio de las Latas”.

Teatro

El teatro fue una de las actividades estrella del ya desparecido ‘casino de Villajovita’. Se potenció el arte dramático con la creación de un grupo teatral formado por vecinos de la barriada, y fueron numerosas las obras que se pusieron en escena en la década de los 60 y 70. Todas ellas fueron representadas sobre el escenario del Centro Recreativo y Cultural, despertando gran interés entre los socios. Entre el elenco de actores, Pepi y Gregorio Basurco; Alfonso Espinosa (el guardia), Carlos Luna, Mari Lesmes o Miguel (el de la tienda) entre otros muchos nombres. Así refleja Miguel Ángel López en ‘Crónicas de Villajovita’ la importancia que tuvo el teatro en la historia del casino: “A principios de los 60, la tradición dramática en Villajovita era vieja. En el escenario del viejo Cine Rex ya se habían representado algunas obras de teatro con un plantel de actores y colaboradores que surgía del propio vecindario. Por eso, cuando se fundó el Casino, el 12 de octubre de 1963, la tradición teatral se vertebró como una de las actividades fundamentales que apoyaron las distintas directivas. Alfonso el guardia, uno de los socios fundadores, solía ser el abanderado y director de los asuntos teatrales del Casino. […] Los actores y colaboradores en estas tareas, todos con una notable afición, eran los propios vecinos del barrio. Trabajos que organizaban y gestionaban ellos mismos por puro amor al arte, nunca mejor dicho. Los Basurco, tía y sobrino –doña Pepita y Gregorio- fueron de los más apasionados y, de una forma u otra siempre estuvieron implicados en las representaciones que se preparaban”.

Actividades

Las fiestas populares como carnaval o navidad se vivían de forma especial en el ‘casino’, aunque a lo largo del año también se organizaban numerosas actividades. Bailes para mayores y pequeños, fiestas infantiles, escalas en hi-fi y un largo etcétera conformaban la programación anual del Centro Recreativo y Cultural. Cuando llegaba el período navideño se preparaban diferentes iniciativas, entre ellas, el baile de Año Nuevo o la cabalgata de Reyes que recorría toda la barriada. “Teníamos nuestra propia cabalgata. Hacíamos gestiones –rememora Andrés Gómez- para que el Ejército nos cedieran caballos y una banda de tambores y cornetas que desfilaba por las calles. Se preparaba una amplia programación, con muchas actividades que tenían un sentido lúdico”. El 6 de enero, los más pequeños recibían regalos de manos de los Reyes Magos. “En el escenario se instalaba una pequeña tómbola”, recuerda Andrés Gómez, quien también destaca la afición que existía por el ajedrez. Se impartían clases a los más pequeños e incluso el ajedrecista Arturo Pomar, gran maestro internacional y varias veces campeón de España, visitó el ‘casino’: “Fue un gran acontecimiento –explica Gómez- porque en ese momento era muy popular. Participó en varias partidas con los niños y con algunos socios”. También Miguel López en ‘Crónicas de Villajovita’ subraya esa afición ajedrecística que se vivía en el centro: “En la órbita del Casino hubo ajedrecistas tan buenos que llegaron a alcanzar un nivel reconocido oficialmente. Entre los mayores estaban don José Acosta Larios y Antonio el pichi, incluso Miguel Martín, que fue presidente de la Federación de Ajedrez de Ceuta. Pepito Carracao enseñó ajedrez a los pequeño como Javier Mosteyrín, que llegó a alcanzar un notable nivel, y a Antoñito Porras”. La sede social del ‘casino’ permanecía cerrada durante la época estival. El ambigú se trasladaba a la playa Benítez, lugar en el cual se disponía de una especie de chiringuito -con servicio de duchas para los socios-, en que se realizaban diversas actividades.



Fin del ‘casino’


Ya en la década de los 90 comenzó el declive del Centro Recreativo y Cultural de Villajovita, que al igual que otras entidades ilustres de la ciudad, estaba abocado a la desaparición. No existe una causa concreta que derivara en su cierre definitivo, quizás fueron varias. Pero parte del ‘casino’ sigue vivo. Y no solamente en la memoria de los antiguos vecinos y socios, sino físicamente, puesto que una casa situada en la zona posterior, guarda el archivo de aquel centro que durante años fue ejemplo de convivencia vecinal, y de desarrollo de la vida social y cultural. 

lunes, 24 de noviembre de 2014

domingo, 19 de octubre de 2014

CEUTA TAMBIÉN TIENE SU DAMA


No es tan popular como la de Elche, pero Ceuta también cuenta con su dama. Fue creada por el escultor ceutí Ángel Ruiz Lillo (1930-1989), quien no pudo ver cumplido su deseo de que la ‘Dama de Ceuta’ fuera trasladada a su ciudad natal desde Minnéapolis (Minnessota); lugar en el que había fijado su residencia a mediados de la década de los 50. Actualmente, la escultura que Ángel Ruiz Lillo creó como homenaje a Ceuta, se encuentra en paradero desconocido tras ser vendida toda la obra del artista –tal y como quedó reflejado en su testamento- con el objetivo de impulsar una beca que lleva su nombre y que anualmente permite que un joven español realice sus estudios universitarios en Minnesota o un estadounidense lo haga en España.
Ángel Ruiz Lillo prácticamente desarrolló toda su carrera artística en Estados Unidos, aunque siempre mantuvo su vinculación con Ceuta, ciudad en la que permanecen sus raíces familiares y a la que solía viajar cada verano. Tras residir algunos años en la localidad gaditana de Medina Sidonia, regresaba a Ceuta. A principios de la década de los 50, y gracias a una beca concedida por el Ayuntamiento de Ceuta comenzó sus estudios universitarios en la Escuela Superior de Bellas Artes ‘Santa Isabel de Hungría’ de Sevilla, donde realizó los dos primeros cursos de una carrera que continuó posteriormente en Madrid; concretamente en la Escuela Superior de Bellas Artes de ‘San Fernando’. En 1955, Ángel Ruiz Lillo regresaba a Ceuta, pero apenas dos años después decidía abandonar la ciudad para poner rumbo a Minneápolis (Minnesota),  donde inició una destacada trayectoria artística que se prolongó algo más de tres décadas. En septiembre del año 1989, fallecía en tierras estadounidenses como consecuencia de una  enfermedad denominada Amiatrofia Muscular Progresiva.

Época difícil

La vida de Ángel Ruiz Lillo estuvo marcado por el pasado político de su padre, Ángel Ruiz Enciso, lo que motivó –a juicio de su sobrino Jacinto León- que el artista ceutí encontrara muchas dificultades en su tierra natal: “Por diferentes razones no lo tuvo fácil. Tras realizar la carrera en Sevilla y en Madrid, regresó a Ceuta, pero le tocó vivir en una sociedad muy crispada y para él fue difícil porque era hijo de alcalde republicano que mataron durante la Guerra Civil. Su padre también es conocido en la historia de Ceuta por ser vicedirector del diario ‘El Renacimiento’ y haber militado en el partido de Sánchez Prado. Además mi tío profesaba la religión evangélica. No le daban trabajo en ningún sitio, le llegaron a apedrear y tomó la decisión de irse de Ceuta”.
Ángel Ruiz Lillo emigró a Estados Unidos, fijando su residencia en St. Paul, capital de Minneápolis. Allí emprendía una nueva etapa en la que se fraguó su gran trayectoria como escultor y pintor. El artista ceutí se dedicó a la docencia, pero sus inicios en el Estado de Minnesota fueron bastante humildes: “Aprendió ingles –explica su sobrino- y trabajó en diferentes lugares. Fue limpiacristales, después limpiador o trabajaba en lo que le salía hasta que en los años 59-60 pudo hacer unos estudios de graduación en la Universidad de Minneápolis. Empezó a trabajar en escuelas públicas y privadas, y compaginaba esta labor como profesor con su actividad particular como artista”.
Según datos extraídos de la biografía elaborada por Germán Borrachero e incluida en la colección ‘Cuadernos del Revellín’ -publicación editada por la Dirección Provincial del Ministerio de Cultura en Ceuta- Ángel Ruiz Lillo realizaba en el año 1959 sus primeras exposiciones en Rochester y St. Paul. Posteriormente creó una compañía ‘denominada ‘Ángel Lillo Creations” haciéndose “con una clientela de personajes relevantes de la vida social, religiosa, cultural y política del estado de Minnesota de los que con frecuencia recibía encargos”. Entre otras muestras, el artista ceutí expuso sus obras en la Exposición Colectiva de la Feria del Estado de Minnesota, en el ‘Women´s City Club’ (St. Paul. Minnesota), en la ‘Kramer Galleries’ (St. Paul. Minnesota) o en el ‘Faribault Art Center/Ivan Whillock Studio) (Faribault. Minnesota). Parte de su obra permanece expuesta en el ‘Minneápolis Institute of Arts’, formando parte del patrimonio artístico del estado de Minnesota.

Cariño a Ceuta

A pesar de las dificultades y episodios negativos vividos por Ángel Ruiz Lillo en Ceuta, el artista  nunca perdió su cariño hacia su tierra natal. Jacinto León lo define como “muy caballa”. “Le tocó vivir una época, socialmente hablando, muy mala -reflexiona su sobrino-, pero no tenía ningún tipo de resentimiento por algunos hechos que sufrió. Tenía –continúa- un amor singular por su tierra”.
Las palabras de Jacinto León vienen avaladas por las declaraciones públicas que en numerosas ocasiones realizó Ruiz Lillo a distintos medios de comunicación y que Germán Borrachero recogía en ‘Cuadernos del Revellín’. Entre ellas, extraemos la publicada en el rotativo ‘La Voz’ a principios de la década de los cincuenta: “Yo no renuncio a mi naturaleza caballa y me siento orgulloso de ser ceutí. Esta tierra es magnífica y lo único que le censuro es su desidia o modorra para no volcarse en la exteriorización de tanta belleza como encierra”. Años después volvía a expresar, en esta ocasión en las páginas del diario ‘El Faro’ su sentimiento de cariño hacia Ceuta: “El caso es que algo de mi arte no sólo se vea en los Estados Unidos. Deseo ardientemente, como buen caballa, dejar huella de mi trabajo en esta tierra que me vio nacer y de la que me siento enormemente orgulloso”.

La ’Dama de Ceuta’

La ‘Dama de Ceuta’ fue una de las obras más importantes en su prolífica trayectoria como escultor. No sólo por la calidad de la misma, sino por el significado sentimental que tenía para el artista ceutí. Era una de sus obras preferidas, puesto que suponía un homenaje a su tierra. La ‘Dama de Ceuta’ está inspirada en otra  gran obra -en este caso de la naturaleza- como es la ‘Mujer Muerta’. Jacinto León, quien tuvo ocasión de ver la escultura en la vivienda de su tío en Minneápolis, no duda en definirla como “una belleza”. Pero sobre todo, destaca el sentimiento que Ángel Ruiz Lillo puso en su creación: “La hizo pensando en que quería donarla al pueblo de Ceuta como muestra de agradecimiento por la beca que en su día le concedió el Ayuntamiento; y gracias a la cual pudo realizar la carrera de Bellas Artes. Fue su forma de agradecer a la institución y a la ciudadanía en general, esa ayuda que recibió”.


El deseo del artista ceutí era que la ‘Dama de Ceuta’ fuera trasladada a si ciudad natal. Se hicieron gestiones para ello, pero todas fueron infructuosas; por lo que Ángel Ruiz Lillo falleció sin ver cumplida su ilusión: “Quiso donarla –recuerda Jacinto León-, pero no lo consiguió porque a la persona que ostentaba el cargo de concejal de cultura no le pareció bien la idea. La obra era donada de forma gratuita, pero el coste económico del traslado desde la ciudad de Minneápolis a Ceuta era de tres millones de pesetas. La persona responsable del área de cultura en aquellos momentos no pudo o no quiso que la ‘Dama de Ceuta’ estuviera con los ceutíes”. 

En el año 1977, Ángel Ruiz Lillo ya expresó su deseo en las páginas del diario ‘El Faro de Ceuta’. Germán Borrachero recuperaba en ‘Cuadernos del Revellín’ las manifestaciones del artista ceutí: “Nací en Ceuta, y aunque llevo veinte años residiendo en los Estados Unidos, soy por supuesto ceutí. He hecho ya muchas obras de temas ceutíes, entre ellas la ‘Dama de Ceuta’ que está en Norteamérica, pero me gustaría, como caballa que soy, dejar algo de mi arte en mi pueblo, dejarla en Ceuta”. Años más tarde, el escritor y columnista Juan Díaz Fernández reivindicaba en ‘El Faro de Ceuta’ que la obra de Ruiz Lillo fuera expuesta en Ceuta: “[…] Pero Ángel R. Lillo, hijo de Ceuta, tiene una vieja espina clavada en su corazón. Y es que una de sus esculturas más queridas, la ‘Dama de Ceuta’, no se halla precisamente aquí, en la ciudad que se inspiró y cuyo nombre lleva. Yo pienso que resulta ciertamente una triste ironía del destino el hecho de que otras dos esculturas de un escultor foráneo se yergan al cielo en pleno centro de la ciudad, allí en medio del jardín donde convergen el Rebellín por un lado y la Marina y la Gran Vía por otro. El Ayuntamiento llegó a pagar por ellas veinte millones de pesetas, según me ha dicho alguien que me merece mucho crédito. En cambio, cuando Ángel le propuso su ‘Dama de Ceuta’, no encontró más que obstáculos y cortapisas. Así que, como esta cuestión merece que se rompan lanzas, quiero yo aquí romper la primera, a fin de que la ‘Dama de Ceuta’ se quede donde debe estar, en Ceuta, y no en la sala de algún museo norteamericano […]”. Incluso, Juan Díaz Fernández proponía en ese mismo artículo que se organizara una suscripción popular para sufragar los gastos derivados del transporte de la ‘Dama de Ceuta’ desde Minneápolis.
El hecho de que no cumpliera el deseo de Ángel Ruiz Lillo hizo que el artista ceutí “se muriera con el amor propio bastante fastidiado”, reconoce Jacinto León, quien no oculta que “mi ilusión es que la ‘Dama de Ceuta’ estuviera en nuestra ciudad”.
El sobrino de Ángel Ruiz Lillo dispuso de una gran oportunidad para que la ‘Dama de Ceuta’ fuera trasladada a Ceuta, ya que Jacinto León en el año 1991 fue nombrado concejal de Cultura, cargo que ostentó hasta 1994. Posteriormente, tras la conversión de Ceuta en Ciudad Autónoma, fue viceconsejero de Educación y Cultura, pero consideró que “no era ni ético ni moral dedicarme a gestionar una cuestión particular mientras desempeñaba una función pública”.

Testamento

La muerte no sorprendió a Ángel Ruiz Lillo. Meses antes le habían diagnosticado una enfermedad mortal. Consciente de que sería su último viaje, el artista ceutí se desplazó en verano –como había hecho desde que se había afincado en Estados Unidos- a su tierra natal. Sabía que la muerte le esperaba, y por ello quiso despedirse de su familia y amigos. Una muestra en la sala de exposiciones de Caja Ceuta supuso un gran homenaje, pero a la vez la despedida oficial al artista caballa. Era su última muestra y la preparó con bastante entusiasmo: “Fue una exposición muy especial con muchas de sus obras tanto escultóricas como pictóricas”, rememora Jacinto León quien vivió de cerca los últimos días de Ángel Ruiz Lillo: “Aproximadamente le quedaban dos meses de vida e intentamos convencerle para que se quedara aquí, pero me confesó que él necesitaba el sosiego, la espiritualidad y tranquilidad que le daba su casa y su entorno en Estados Unidos. A mediados de agosto, Jorge Castro León –otro sobrino del artista- y yo nos trasladamos a Minneápolis y le acompañamos hasta que se produjo su muerte”.
La última voluntad de Ángel Ruiz Lillo, y así quedó reflejado en su testamento, fue donar toda su colección artística. Incluida la ‘Dama de Ceuta’. “Toda su obra cultural, junto a su casa y sus bienes fueron cedidos a la Universidad de Minneápolis para que con los fondos obtenidos se gestionara la Fundación de la Amistad de Ángel Ruiz Lillo (Angel Ruiz Lillo Friendship Scholarship). Está becada con 5000 $ anuales y permite que cada curso un estudiante de Estados Unidos pueda venir a estudiar a España o uno español lo pueda hacer en Minnesota”, explica Jacinto León, quien se muestra “orgullosísimo que de mi tío dejara todo su patrimonio a una obra cultural y educativa. Fue una decisión que adoptó durante sus últimos meses de vida”.


Hasta su muerte, la ‘Dama de Ceuta’ permaneció en la vivienda del escultor ceutí: “Tenía una casa de doble planta con un gran jardín –describe su sobrino-. Era una típica vivienda americana. La escultura estaba expuesta a la entrada de la casa”. Actualmente, la familia de de Ángel Ruiz Lillo desconoce donde se encuentra la talla escultórica inspirada en la ‘Mujer muerta’. Puede estar en un museo o formar parte de una colección privada. La intención de Jacinto León es “intentar recuperarla. Entre mis planes futuros, cuando tenga tiempo y presupuesto, me gustaría trasladarme a Estados Unidos y hacer gestiones con la Universidad de Minnéapolis para acceder a la administración de su testamento para saber quien adquirió la ‘Dama de Ceuta’. Creo que puede estar expuesta a la entrada de un museo o cualquier institución cultural de Ceuta”.
¿Veremos algún día la ‘Dama de Ceuta’ en la ciudad que inspiró a su autor. Jacinto León no pierde la ilusión. Esa misma que Ángel Ruiz Lillo mostró públicamente, aunque no pudo ver cumplida. Su obra está repartida por muchos lugares del mundo. En Ceuta, curiosamente, -salvo colecciones particulares- ninguna. En 2011, la Ciudad Autónoma aprobaba conceder a una calle situada en Loma Colmenar el nombre de Ángel Ruiz Lillo. Un homenaje merecido, pero quizás insuficiente con un artista de prestigio internacional que presumió de ser ceutí. Su ciudad natal sigue en deuda con él.